Junio 8 de 2023.
Creo en la alegría como vía para despertar partes de la consciencia que tenemos dormidas. A veces, ese acceso proviene de los recuerdos y es por eso que escribí este relato para Repensando la Educación. Es una revista virtual especializada en familias que educan en casa (homeschooling)
¡Viajen conmigo a sus propias alegrías!
«Tengo 7 años. Mamá y yo salimos a visitar la biblioteca móvil de Colsubsidio[1], cuya próxima parada será el parqueadero de mi barrio. Es un camión alargado lleno de libros, al que mis ojos de niña ven como dibujo animado en forma de caja rodando por Bogotá. Al camión azul, subimos juntas tomadas de la mano por unas escaleritas de hierro. Adentro es inmeso. Está repleto de pilas de libros organizadas con cuidado para hacer lucir las portadas de los cuentos infantiles.
Me gusta que mamá no me dice cómo tengo que vivir esta experiencia nueva con los libros. Me alivia advertir en ella ese placer que le da a una mujer romper con las rutinas de la casa. La siento tan deseante de sumergirse en su propia vivencia sin que la suya deba ser la misma mía. Tal vez por eso confía.
En el camión de libros, ella es menos maestra, es menos mamá, es más mujer. Se independiza de todos sus roles y me da permiso para aprender a mi modo. Entonces suelta mi mano y yo abrazo los libros. Los empiezo a amar.
Me tiro al piso a revolver los libros y mamá camina feliz hacia otra esquina. No se muestra preocupada porque yo descifre la moraleja de los cuentos, ni por criar a una buena niña. Ahora, se parece más a mí. Pone sus manos en la cintura y habla curiosa con la señorita que atiende…“le veo ganas de aprender”.
En un ejercicio intuitivo juntas nos vamos moviendo entre los mundos de ese camión sin interferir la una con la otra. No solo aprendemos de los libros que nos faltan. También sobre el gobierno de la ciudad, el oficio de promoción de lectura y la satisfacción de alegrarnos con poco. ¡Estamos dichosas! Será porque aprendimos sobre la vida sin que nos digan que aprendimos sobre la vida.
De vuelta al apartamento es raro, pero especial. No nos hace falta documentar aquel viaje magnífico. Yo, prescindo de mi ingenio para tomar apuntes. Ella, jamás sugiere buscarle la aplicación a nuestra experiencia. El objetivo de la salida era más simple: acompañarnos a aprender. Mamá sembrando su confianza en mí y yo mi alegría en ella.
Reflexionando, llamaría a esta memoria un aprendizaje alegre.
Hablo de la alegría que uno siente cuando aprende algo desde el instinto. A la primera. Sin promesas de elogio, y lo disfruta en cuerpo y alma porque nadie se lo impuso. Esa fue la mia. O la alegría de conseguir lo difícil, algo que pone a prueba nuestra visión ordenadora de la vida y nos lleva de una comprensión vieja a crear una nueva. Esa fue la de mi mamá.
En el camión de libros, mamá olvidó sus reglas, y yo gané un anclaje de por vida para recordar qué es un aprendizaje alegre. Hoy me sirve volver a esta memoria para curar mi afán de intelectualizarlo todo. Para aprovechar la sustancia de mis intuiciones. Para aplazar las reglas hasta donde pueda. Sé que las reglas antes de tiempo en una experiencia nueva de aprendizaje matan su alegría.
Elegí compartir esta memoria porque aún con mi apuesta en la nueva educación, soy hija del deber y a veces siento miedo. ¿Qué será del futuro de mis sobrinos e infancias que me cruzo si no les enseño toda la teoría?
Entonces, vuelvo al camión de libros y compruebo que no siempre una experiencia educativa debe “servir inmediatamente para algo”. Si hablamos de utilidad, el futuro nos guarda lugares increíbles para aplicar un aprendizaje más allá de nuestros planes. Pero, servirá más a la vida si este fue alegre.
Elegí ir al pasado porque quiero proponerles resignificar nuestras memorias.
En cada persona, existe al menos una historia positiva con el saber. Con frecuencia, evocamos lo distorsionada que fue nuestra educación y recalcamos el peso de un “mal” pasado. ¿Qué tal si enraizamos el corazón de nuestro Ser adulto en memorias de aprendizaje alegre, como lo fue mi visita a ese camión de libros? ¿Qué tal si invitamos a la niñez, adolescentes y jóvenes a descubrir en sus buenas memorias un recurso de aprendizaje?
Animémoslos a detectar desde el corazón sus primeros aprendizajes alegres. ¿Por qué fueron esos y no otros?, ¿Para qué les sirve ese pasado? Leí que la alegría es el alimento del espíritu, la vida del alma. Si rescatamos con consciencia nuestros aprendizajes felices, comprenderemos que dentro de nosotros siempre vive una alegría útil para abrirnos los ojos.
Diana Carolina González S.
[1] Corporación sin ánimo de lucro colombiana encargada de promover en las familias programas culturales y sociales.

Gracias por llevarme a un viaje hacia la niñez y recordar que siempre los aprendizajes deben regocijar el alma !
Yo no soy muy de reglas, pero esta me gusta! Gracias por tu aporte. 🙂