Amiga viajera, fuiste suficiente.

Agosto 24 de 2026.

Carta 2.

Querida nómada,

Otra amiga viajera se fue. Hace más de seis meses regresó a su país. Desde que se fue no he recibido ningún mensaje de ella. Sé que tenía que cortar de raíz su pasado y sentí tristeza, pues en ese corte estoy incluida.

Los viajeros, como las personas, buscamos amor y un gesto así duele. Por supuesto, le reclamé en silencio su frialdad y también lo conversé con alguien. ¿Cómo se deja así a una amiga íntima? ¿Cómo no fui su excepción?

Sé que mi reclamo es válido pues la quise mucho. Al mismo tiempo, a mí las ideas fijas me aprietan y estaba cayendo en una. Eso salió en la conversación.

Las relaciones en el nomadismo también son nómadas. ¿Por qué no entender nuestra amistad como lo que fue, una alianza y un refugio temporal? ¿Por qué exigirle a ella eternidad y posesión? Yo quiero creer que el amor en la amistad puede experimentarse sin gravitar en torno a un apego.

Desde niña me indujeron a buscar la amistad “para siempre”. Me dijeron que los amigos valen por su antigüedad y su incondicionalidad. ¡Y es verdad que esto es hermoso y pesa mucho!

Sin embargo, aunque nos duele quedar por fuera de la vida de nuestros amigos, nos duele más lo que se pone en riesgo si se van. Asociamos a esa supuesta amistad eterna otras cosas que también deseamos recibir eternamente: su atención, su validación y su apoyo.

Desde una visión amplia, entiendo que mi amiga necesita irse. Yo no puedo obligarla a amarme. ¿Qué sería tal cosa? Sería estrechar mi mirada.Sería desconocer que la amistad nómada estimula la autonomía. Que uno no puede plantar los pies si el corazón late en dos lugares. Que ambas estamos hambrientas de nuevas identidades. Negarnos a esto sería un acto de complacencia.

Todo esto me recuerda que soy viajera y me siento temporal. No por esto mi presencia en la amistad es menos comprometida. Y aquí vuelvo a la filosofía como en mi primera carta. La amistad nómada no se mide por cuántos años dura, sino por la intensidad de los buenos encuentros. Esta amistad fue vital porque me alejó de las pasiones tristes y me generó alegría.

Los afectos de mi amiga permanecerán en mí, si no hay posesión. De lo contrario, no podré tomarlos. Así que, cuando me sienta sola y necesite amarme más, haré por mí lo que ella hizo: ¡Me daré fuerza de existir!

  1. Me sacaré a la ciudad.
  2. Me pondré una cita conmigo misma.
  3. Me daré atención, validación y apoyo con su misma intensidad.

Desde una visión amplia, no hay razón para reclamarle a ella ni a ningún amigo que me lleve a cuestas. Los viajeros revelamos mucho del presente, pero del pasado y del futuro poco. El viaje de mi amiga se trata de su curación y no me corresponde pedirle tanto.

Tampoco tiene sentido cerrarme a nuevos amigos temporales. Al próximo café o caminata llegaré dispuesta a vivir plenamente ese afecto. Si sospecho que no pasará de ese día, tomaré lo bueno que produzca el presente y continuaré.

Te pido que mires esta foto. Es la escultura de una maleta vacía en la calle. Imaginé la amistad nómada así, como un contenedor de hierro blando en la mitad de la nada. Me llegó al alma.

Pensé en mi amiga y en otras amigas viajeras. Pensé en la fortuna del espacio vacío para ser llenado y vaciado. Pensé en las Navidades cuando ellas fueron mi única compañía. O cuando nos dimos ánimo porque sentimos el peso de ser extranjeras. Pensé en nuestros equipajes invisibles. En los secretos. En la complicidad de una charla a la que jamás volveremos. Pensé en la levedad que he ganado para comprender lo movimientos del alma.

Querida nómada, la rabia y la tristeza se me fueron. Mi amiga no desechó mi paso por su vida.

En su decisión prevaleció una lógica de los viajeros que a mi me gusta mucho: nos cruzamos con otro para potenciarlo. De hecho, confirmamos algo. A menudo, las personas despertamos a nuevos caminos cuando los vemos primero en otra persona.

Ahora nos corresponde pasar el puente. A las dos nos esperan nuevos lugares de existencia.

Yo diría que sí.

La intensidad de nuestra amistad temporal superó la promesa de la amistad eterna.

Hasta la próxima carta,

Carolina.

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