Carta 2. 9 de septiembre de 2026
Querida nómada,
Otra amiga viajera se fue. Hace más de seis meses regresó a su país. Desde que se fue no he recibido ningún mensaje de ella. Sé que tenía que cortar de raíz su pasado y sentí tristeza, pues en ese corte estoy incluida.
Los viajeros, como las personas, buscamos amor y un gesto así duele. Por supuesto, le reclamé en silencio su frialdad y lo conversé con alguien. ¿Cómo se deja así a una amiga íntima? ¿Cómo no fui su excepción?
Yo la quise mucho y creo que mi reclamo es válido. Al mismo tiempo, tengo alma nómada y a mí las ideas fijas me aprietan.
¿Por qué exigirle a ella eternidad y posesión? ¿Por qué no entender nuestra amistad como lo que fue, una alianza y un refugio temporal?
Yo quiero creer en un afecto así. Que me amplíe.
Lo que sucede es que desde niña me indujeron a buscar la amistad “para siempre”. Me dijeron: los amigos valen por su incondicionalidad y se miden por su antigüedad. Y es verdad que esto es hermoso y pesa mucho.
Sin embargo, aunque nos duele quedar por fuera de la vida de nuestros amigos, nos duele más lo que se pone en riesgo si se van. Asociamos a esa supuesta “amistad eterna” otras cosas que también deseamos recibir eternamente: atención, mirada y validación. ¿Lo ves?
Yo no puedo obligar a mi amiga a amarme. ¿Qué sería tal cosa? Sería olvidar que el nomadismo estimula la autonomía. Que nadie puede plantar los pies si el corazón late en dos lugares. Además, ambas estamos hambrientas de nuevas identidades y negarnos a esto sería un acto de complacencia.
Desde una visión amplia, no hay razón para reclamarle a ella ni a nadie que me lleve a cuestas. Su viaje se trata de su curación y no me corresponde pedirle tanto.
El amor de mi amiga permanecerá en mí, si no hay posesión. Así que cuando me sienta sola y necesite amarme más, haré por mí lo que ella hizo:
¡Me daré fuerza de existir!
- Me sacaré a la ciudad.
- Me pondré una cita conmigo misma.
- Me daré atención, validación y mirada con su misma intensidad.
Tampoco tiene sentido cerrarme a nuevos amigos temporales. Al próximo café o caminata iré dispuesta a la vida. Si no es recíproco o no se repite, tomaré del encuentro una palabra, un gesto o lo que sea que me haga añorar menos y amarme más.
Hace unas semanas, en la calle, vi una escultura de una maleta vacía. Se llama “Journey”. Mírala, es la de la foto. Imaginé la amistad nómada así, como un contenedor de hierro invisible en la mitad de la nada.
Pensé en mis amigas viajeras. Pensé en la fortuna del espacio vacío para ser llenado y vaciado. Pensé en los encuentros de una hora a los que nunca regresaré. En la licencia que me dieron para comunicar mis secretos, intensidades y afectos. Pensé en los caminos a los que desperté cuando los vi primero en ellas.
Pensé en que a diferencia de la amistad de la juventud, la amistad nómada no se construye en función de un “para siempre”. La amistad pasa o no pasa. Necesitamos gozar de un buen encuentro.

Ser nómada es un poco sentirse temporal. La temporalidad en nuestra amistad significa que no tenemos tiempo para el miedo, la envidia, las ataduras o cualquier pasión que disminuya nuestra potencia. Siendo extranjeros buscamos alegrías.
Querida nómada, mi amiga no desechó mi paso por su vida. En su decisión prevaleció una lógica de los viajeros que a mí me gusta mucho: nos cruzamos con otra persona para potenciarla. La sacamos de la pasividad y desarrollamos algo bueno en ella.
Ahora nos corresponde pasar el puente. A las dos nos esperan nuevos lugares de existencia.
Yo diría que sí.
La intensidad de nuestra amistad temporal superó la promesa de la amistad eterna.
Carolina.
